Juan Mubarak: Imágenes apiñadas

Las imágenes guardadas en mi memoria son como haces de luces de un faro que al girar siempre me han guiado de alguna manera a observar. Pienso que esto será porque conocí la ciudad de la mano de mi abuela materna Elpidia Mena Maceo; ella, en su preocupación de entretenerme, contaba largas historias sobre los acontecimiento de su Santo Domingo: los héroes de la tragedia del Memphis 1927, la calma asombrosa del ojo del huracán San Zenón del 1930, las personas arrodilladas frente a la puerta de la Misericordia rogando por su alma en el terremoto del 1946, así como anécdotas sobre lugares reales de la ciudad o que a veces se inventaba.


Dentro de esas imágenes está el día que se inicio la demolición de la glorieta del parque Independencia, recuerdo la imagen vívida conjugada con la inquietud de lo que estaba sucediendo.


Los sonidos, frecuentemente opacados por los ruidos, han sido parte de mis atractivos: inolvidables las noches de la Revolución del 1965; recuerdo siendo adolescente en el Ensanche Paraíso, donde fui a vivir, el bullicioso sonido de los sapos después de las lluvias. Allí vi crecer y expandirse la ciudad, sin clemencia… comenzó a hablar, pero de otra manera, como ecos que se repetían por doquier durante todo el día. Recuerdo en particular ir al barrio La Puya de Arroyo Hondo al norte de la ciudad, un barrio popular con una singular topografía, a escuchar sus ecos desde el otro lado de la colina: conversaciones entre vecinos, vendedores ambulantes, niños jugando, personas trabajando, sonidos que desdibujan la ciudad como una caja de resonancia de sus habitantes.


Pienso que el rescate de esas interacciones entre el hombre y su cotidianidad, con sus objetos y su significación, crea esos imaginarios y el simbolismo que le da la estructura a la sociedad. Hoy la ciudad, mi ciudad, con y en sus multiplicidades, crea nuevas fronteras y nuevas oportunidades de replantear, de actualizar, evolucionar sus significados y proyectar nuevos hábitos sociales para la convivencia.